Dedico a Tí, Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre mía, estas páginas que no me pertenecen, porque la Verdad no tiene más Padre que a Dios y todos nosotros somos llamados a vivir en Ella como hijos, porque la Verdad no tiene dueños, sino discípulos. pues “la Verdad nos hace libres” y nos salva. Las dedico a Tí, Obra maestra de Dios, Espejo perfecto de su Perfección, Asombro de los Angeles, Alegría de los Santos, Felicidad del mismo Dios, Principio de sus actividades, Dueña y Heredera de todas sus Obras, oh María, inseparablemente unida a Jesús, clave de la Historia, Tú, “nuevo Cielo y nueva Tierra”, en quien Dios ha formado “los nuevos Cielos y la nueva Tierra”. Comparto en estas páginas mi gozoso hallazgo de un tesoro de Sabiduría, que, en cuanto tal, nos viene de Ti, que eres “Sede de la Sabiduría”. De mío, aquí hay solamente mi deseo de compartir el testimonio de mi Fe y de mi Esperanza, y la alegría de la Luz gratuita y del Amor. Si hay en mis palabras algún error o imperfecciones –no tendría nada de extraño–, Te pido que seas Tú mi censora, que purifiques mi pensamiento y mi expresión, que ilumines con la Luz de la Verdad y de la Fe a quienes lean, para que saquen sólo lo que edifica y lo que lleva a la confianza en Dios y a su Amor. Lo demás no es más que elucubraciones y ocasión de “discusiones vanas, que no sirven más que para perdición” de los que discuten (2 Tim. 2,14). No pretendo dar lecciones a nadie, ni ser yo maestro de nada, sino ofrecer esta pequeña luz que me ha iluminado, que me ha alegrado y que ha preservado en mí la Fe. Es la Fe de la Iglesia, Despositaria de la Divina Revelación, a la que enteramente me remito.

 

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